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| El table dance, baile y erotismo
en la noche oculta Con la llegada de la noche, Monterrey se quita la máscara y confiere libertad a todos aquell@s quienes deciden permanecer despiert@s. Nace lo que parece ser otro Monterrey, desconocido para un@s, inimaginable para otr@s y renegado una y otra vez por los guardianes de la moral. Más hipócritas que nunca, lo critican sin piedad, con dureza. Pero sólo lo hacen de día, porque saben que de noche sus máscaras también desaparecen y puede que sus sombras se dejen ver en esos lugares que, según ell@s, tanto odian. Aparentemente invisible, sólo hay que atreverse a cruzar el umbral de la puerta para que se revele ante nosotr@s todo el universo mágico de la noche. Aquí, lo bueno y lo malo dejan de tener sentido y cada un@ es ahora libre. La máscara impuesta por el trabajo, la familia, la religión o el "qué dirán" se ha desintegrado y lo único que parece importar a los noctámbulos es no perderse en el abismo nocturno. Uno de los puertos más visitados de ese mundo son los "table dance", verdaderos templos dedicados al erotismo cuya religión es, sin duda, el "voyeurismo". Hay de todo, desde "cantinas-table" hasta el más refinado en el que se encuentran las personas respetables de la sociedad. Desde un local en Reforma hasta un "Prestige" o un "Poisson", este concepto es todo un negocio que mueve millones cada noche, para regocijo de alguno de los grandes empresarios de la ciudad que consiguen apetitosos beneficios con cada cerveza consumida o cada baile pagado. Cruzar la puerta de un "table dance" es entrar en un espacio en el que la oscuridad se ve sutilmente coloreada por luces aterciopeladas que mantienen al público en el anonimato de las sombras. Enseguida, un mesero nos guiará hasta una mesa y, desde este momento, se convertirá en el proveedor de todo aquello que se necesite. Su presencia se hará sentir a lo largo de toda la noche, ya limpiando los relucientes ceniceros, ya trayendo más bebidas, ya encendiendo un cigarro. Él lo conoce todo, lo sabe todo sobre su mundo: siempre callado, ve y registra cada detalle, cada acción que ocurre en sus mesas. Él será el hilo que nos guiará por los oscuros pasillos del "table dance". En el centro, está el escenario y su elemento estelar, símbolo de todos los tables del mundo: el tubo. A su alrededor, los y las artistas bailan con movimientos sensuales con el fin de despertar la imaginación, el erotismo y la excitación entre su público. El tubo, sujeto de todo baile, se transforma y se convierte en el centro de piruetas, movimientos y caricias. Del otro lado, el público está expectante. Un@s apoyados en el borde del escenario observan con la boca entreabierta mientras que otr@s, más discretos, se quedan en las mesas. Es importante remarcar que a lo largo de muchos años, el único público que tenía acceso a los "table dance" eran los hombres dado que las mujeres tenían prohibida la entrada. Desde hace poco, la situación ha cambiado sensiblemente y tod@s pueden entrar. Además, los empresarios no tardaron en darse cuente de que allí había un nicho de mercado por lo que rápidamente florecieron "tables" con bailarines y dedicados exclusivamente a mujeres. Sin embargo, siguen siendo una minoría sobre todo ahora que se da un nuevo fenómeno cada vez más intenso: los "tables" dedicados a un público homosexual, por ahora sobre todo gay. Así, muchos locales pensados en un principio para mujeres han visto su negocio con el mercado gay. El "Extremo" y "Le Petit" no son más que dos ejemplos de este fenómeno. Los y las artistas de la noche salen en el escenario para que, al ritmo de una canción, desaparezca la ropa. No hay secreto y el final lo conoce todo el público. Sin embargo, inmóviles en sus asientos, tod@s esperan impacientes la caída de cada prenda, mientras que, en algunas mesas, los clientes han pedido compañía. Ahí, tras pagar una copa a la dama o al bailarín con un precio que oscila entre los 50 y 100 pesos, las posibilidades son varias. Desde la simple plática hasta las caricias, los besos y el faje. Diana, empleada en un "table dance", afirma que la mayoría de las veces, sus clientes buscan hablar antes que nada. Se ríe al recordar que suele acabar siendo la psicóloga de sus clientes más que su bailarina. Pero con el alcohol, las barreras se rompen y el siguiente paso es el baile. Tras comprar un boleto, el o la cliente podrá ver a su compañía bailar delante y sobre sus rodillas a lo largo de toda una canción y "en exclusiva". Después, y si el bolsillo lo permite, se podrá pasar a un privado, una pequeña sala con cómodos sofás y baño, en donde casi todo está permitido esta vez al abrigo de miradas indiscretas. Según Diana, ambas partes llegan a un acuerdo sobre precio, tiempo y límites: "con dinero, hasta el perro baila, y la tabolera también". Abajo, en la sala principal, el espectáculo continúa. Como cada noche, las miradas seguirán cada movimiento que se dé en el escenario hasta que vuelva a salir el sol. En ese momento, l@s clientes regresarán a sus casas y se pondrán de nuevo la máscara para poder sobrevivir en este Monterrey diurno. |
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