|
La paternidad y el mundo de
los afectos
Por Miguel Angel Ramos Padilla
Una buena parte de los integrantes de diversas generaciones
en América Latina creció con una imagen de padre ausente
y distante aunque estuviera físicamente presente y cercano. Un
padre que evitaba ser expresivo en sus afectos con relación a sus
hijos, hijas y pareja, pensando que de esta manera transmitía la
seguridad y autoridad que su familia necesitaba.
Cuando niños, el ser varones nos daba, en algunas
ocasiones, el privilegio de su permisiva compañía en actividades
lúdicas consideradas netamente masculinas -como es el caso de ir
al estadio, jugar a la pelota, o emprender un paseo de aventuras- y de
esa manera intuimos los códigos del afecto de nuestro padre, a
la vez que aprendimos que la expresión de los afectos mediante
la ternura y las caricias era netamente femenina. Esto mismo, con seguridad,
no funcionaba cuando se trataba de nuestras hermanas, quienes educadas
para las expresiones afectuosas, sintieron, junto a nuestras madres, un
doloroso vacío.
Frente a las diversas maneras del control masculino
sobre las decisiones femeninas, a la dependencia económica, y en
muchos casos ante la agresión física, emocional y psicológica
del varón, el refugio y la cierta compensación que hallaba
la mujer estaba en el estrechamiento de los lazos afectivos con los hijos
e hijas. Sus permanentes muestras de afecto y ternura para con ellos y
ellas, a través de los diversos aspectos de la crianza, rol que
socialmente le fue asignado, le
fue ganando una relación más íntima y una atmósfera
de confianza, dentro de la cual éstos y éstas
consideraron a la madre como a la persona a quien, preferentemente, se
podía acudir y esperar siempre un apoyo incondicional, en comparación
al padre que, generalmente, era afectivamente frío, lejano y severo.
El poder de los afectos habría sido de la madre, usada muchas veces
como arma de resistencia y negociación, campo en el cual el varón
poco incursionó.
El género y las relaciones de poder y resistencia
El control que ejercen las mujeres en la organización
de la vida doméstica y el hecho que la reproducción se desarrolla
en el cuerpo de las mujeres, pueden constituir espacios de poder y de
resistencia, que hacen que el sistema de poder ejercido por los varones
se base en relaciones inestables e inseguras. La célebre frase
de Foucault "el poder se ejerce, no se posee" sintetiza muy
bien las relaciones de género como espacios contradictorios, inseguros,
siempre en tensión.
Según Teresita De Barbieri, esta inestabilidad ha llevado a resolver
el conflicto mediante una estructuración del sistema extremadamente
poderosa en el que se ponen en juego el relacionamiento afectivo, y prácticas
sociales en las que se juegan cuestiones tan fundamentales como la trascendencia
de la muerte. Esto significa que la superación del conflicto no
pasa por la eliminación del otro, sino por la negociación
permanente (y siempre inestable) que asegure la paz (De Barbieri. 1992).
Rara vez las mujeres se alejan del amor y de los afectos,
logrando transformar los espacios que les habían dejado los hombres
en pequeños campos de grandes poderes donde se volvían dueñas
absolutas y sabias manipuladoras y así defenderse del poder hegemónico
masculino en la esfera de lo privado. Se convirtió en "reina
del hogar" para no morir, pero los hombres sabían que este
reinado no ponía en peligro el suyo. Matriarcado de la crianza
y de los afectos del adentro que es el más ambiguo y peligroso
asignado y asumido por las mujeres (Florence Thomas, 1997).
La masculinidad y el mundo de los afectos
La represión de las emociones, característica
importante en la construcción social de la masculinidad, atraviesa
todas las etapas de la vida de los varones. Cuando niños aprendemos
a soportar el dolor bajo el lema permanentemente repetido por los adultos
"los hombres no lloran" y tratamos de aprender a reprimir nuestros
afectos para diferenciarnos de las niñas; pasando por la adolescencia
y juventud cuando, a diferencia de las mujeres, evitamos amistades de
mayor intimidad con otros muchachos y preferimos los grupos. Mientras
ellas se pueden expresar afecto, nosotros difícilmente le decimos
a un amigo que lo queremos. La única forma autorizada de tocar
el cuerpo de otro hombre es a través de golpes y violencia. Por
esto los adolescentes, en su necesidad de contacto con sus pares, juegan
a"luchitas" interminables y a golpear a sus
amigos, cuando en el fondo les gustaría abrazarlos. O necesitamos
estar bajo los efectos del alcohol para decir más abiertamente
el clásico "yo te estimo". Llegamos a ser padres, en
nuestra etapa adulta, y tratando de mantener el autocontrol ante los diversos
problemas de la vida cotidiana y la autoridad, nos es difícil expresar
nuestro cariño y ternura a nuestros hijos y esposa, empobreciendo
nuestras relaciones con los seres que más queremos y con nosotros
mismos.
La gama de emociones no desaparece, simplemente se
frenan o no se les permite desempeñar papel importante en nuestras
vidas. Eliminamos estas emociones porque podrían restringir nuestra
capacidad y deseo de autocontrol o de dominio sobre los seres que nos
rodean, para lo cual debemos mantener una dura coraza. Según Michael
Kaufman, el intento por suprimir las emociones es lo que nos conduce a
una mayor dependencia pues, al perder el hilo de una amplia gama de necesidades
y capacidades humanas, al reprimir nuestra necesidad de cuidar y nutrir,
los hombres perdemos el sentido común emotivo y la capacidad de
cuidarnos (Kaufman, 1997). La falta de vías seguras de expresión
y descarga emocional se transforma en ira y hostilidad. Parte de esta
ira se dirige contra uno mismo en forma de sentimiento de culpabilidad,
odio a sí mismo y
diversos síntomas fisiológicos y psicológicos; parte
se dirige a otros hombres y parte hacia las mujeres (M. Kaufman, 1989.
También ver M. Dohmen, 1995).
La paternidad y el desarrollo de los afectos
Por mucho tiempo se justificó (y aún
se sigue haciendo) los mayores vínculos emocionales de la madre
con los hijos, echando mano de representaciones biologicistas de la maternidad.
Se aducía que el embarazo y la lactancia eran etapas en las que
lo biológico imponía una distancia clara en la relación
padre-hijo, y esto incidiría en que la relación con la madre
fuera más intensa. Pero, hay muchos estudios, basados en el enfoque
constructivista, que demuestran que los hechos de
la maternidad y de la paternidad no están dados. Según Thomas
Laqueur, las leyes, costumbres y
preceptos, los sentimientos, la emoción y el poder de la imaginación
hacen que los hechos biológicos asuman significación cultural
(Laqueur, 1992). La manera de ser padre -y de ser madre- es un hecho histórico
construido por las culturas, lo mismo que la función de padre.
Así, lo que se
denomina instinto materno, son prácticas amorosas construidas históricamente
e ideológicamente, de las cuales nos hemos excluido los varones
(F. Thomas, Op.cit).
Estas prácticas amorosas y afectivas desarrolladas
por la maternidad y reclamadas para la paternidad conllevan como elemento
central a la ternura. A ésta podríamos entenderla como un
conjunto de expresiones cálidas y acariciadoras que producen simultáneamente
goce al objeto amado y a nosotros mismos, porque la ternura es ante todo
una caricia que nosotros mismos nos proporcionamos, y sólo podemos
ser tiernos cuando lo somos con nosotros mismos. Los hombres poco hemos
respetado nuestro propio cuerpo y poco hemos desarrollado nuestra sensibilidad
para
captar nuestras emociones, lo cual nos impide, con mayor razón,
respetar y menos captar las
emociones de los que nos rodean. Se es tierno o tierna cuando se evalúa
los gestos tiernos de quien amamos, captando el gozo o el dolor del otro.
La ternura es sobre todo una experiencia táctil,
es una caricia. La caricia, como dice Luis Carlos Restrepo, "es una
mano revestida de paciencia que toca sin herir y suelta para permitir
la movilidad del ser con quien entramos en contacto.... Lo apuesto a agarre
es la caricia, pues es imposible acariciar por la fuerza, ya que la experiencia
se convertiría al momento en un maltrato. Para acariciar debemos
contar con el otro, con la disposición de su cuerpo, con sus reacciones
y deseos". Ser tiernos..."implica invertir la manualidad, desistir
del agarre ejercitando el juego de coger y soltar sin apoderarnos del
otro"
(Restrepo, 1997). Ejercicio difícil para los hombres culturalmente
preparados para ejercer el respeto autoritario, quebrar voluntades hacia
nuestros designios y no educar parala libertad basándose en una
apertura emocional, porque pensamos que perdemos el respeto que nos deben
quienes están bajo nuestro mando. La mayor parte de las relaciones
paternas filiales se dan en una lógica de que el padre es la autoridad
y de que el hijo tiene que obedecer pensando que de esta manera educamos,
cuando la educación es un proceso interactivo en el cual todos
aprendemos.
Algunos indicios en los cambios experimentados en
la paternidad
Muchas ideas están cambiando en el mundo y cada
vez más hombres aceptan la idea de una mayor relación tierna
y emocional con los hijos e hijas pero ¿Cuánto hemos podido
avanzar los varones respecto a la expresión y desarrollo del mundo
de nuestros afectos y en especial el de la ternura, manifestación
que hasta hace poco era considerada como femenina? ¿Qué
ha ocurrido en nuestras sociedades latinoamericanas, en un aspecto tan
crucial de la construcción del género masculino y cuáles
serían sus probables repercusiones en la equidad de géneros?
¿Qué
factores están influyendo para el cambio de actitud de los varones?
¿Qué cambios se han dado entre las diversas generaciones
en este aspecto?.
Norma Fuller escribe sobre el mundo de los afectos
de los varones de la clase media en la Lima de hoy, en su libro "Identidades
Masculinas" (Fuller, 1997), en el cual los motivos de la paternidad
aparecen como muy racionales -la perpetuación a través de
la descendencia, su plena realización como varón en el sentido
de la virilidad comprobada y la responsabilidad, el orgullo de tener una
prole, la importancia de transmitir a los hijos e hijas su sabiduría
y formar sus personalidades, etc. A pesar que concluye que la paternidad
es definida por el amor y está asociada con los sentimientos más
profundos del ser humano, no le es permitido incursionar realmente en
ese mundo de los afectos, como reafirmando la dificultad de los varones
en expresarlos y el reto muy grande para un investigador incursionar en
ese nivel de la subjetividad (Ver también Arias y Rodríguez,
1995 y R.L. Ramírez, 1997).
Hoy día es más común las imágenes
de padres mostrando actitudes tiernas hacia sus hijos e hijas, en afiches,
en las imágenes de los diversos medios de comunicación y
en las calles. Si empezamos por los manuales de crianza de niños,
existe notables cambios, desde los publicados a comienzos de este siglo
que aconsejaban a los padres no mostrarse muy amigables con los hijos
o hijas, ya que su autoridad quedaría debilitada (A.Giddens, 1995),
hasta los actuales que refuerzan la idea de que los padres debían
fomentar lazos emocionales con sus hijos e hijas, reconociendo claramente
la autonomía de los mismos.
Haciendo una revisión de las representaciones
simbólicas de la masculinidad y la feminidad a través de
los medios de comunicación, se pueden constatar algunos cambios
y muchas permanencias. En un estudio de Wernick, comentado por Juan Carlos
Callirgos, sobre las representaciones masculinas en la publicidad norteamericana
durante la década de los ochenta, concluye que en los últimos
años han ido apareciendo nuevas representaciones masculinas.
Así, por ejemplo, la versión masculina asociada al poder
ante la familia y a la agresividad, ahora coexiste con otras versiones:
hombres dulces, tiernos, preocupados por labores domésticas o por
sus relaciones interpersonales, u hombres que aparecen como objeto de
contemplación. Wernick señala que las imágenes masculinas
ahora son menos uniformes y se empieza a (re) presentar a hombres y mujeres
comportándose de manera similar....¿cuánto de esto
significa un cambio
real? (se pregunta el autor) ¿Cuánto refleja un cuestionamiento
de las desigualdades de género? ¿Es un nuevo disfraz para
el mismo lobo?. En otro trabajo, también citado por Callirgos,
Hawke se pregunta si las expresiones simbólicas del nuevo "ethos"
de la paternidad, por ejemplo, son un logro de las feministas que demandaban
cambios en la organización social de la paternidad, o más
bien un intento de los hombres de reasegurar la autoridad patriarcal sobre
las mujeres y los hijos (as) (J.C.Callirgos, 1996).
En la investigación sobre varones de la clase
media en el Perú N. Fuller concluye que éstos han asumido
como propio el discurso sobre la paternidad que supone una participación
activa en la crianza de los hijos (as), pero por otro lado la cultura
masculina tradicional prohibe al varón inmiscuirse en las tareas
domésticas. Existiría una falta de correspondencia entre
el ideal de padre cercano y la división sexual del trabajo dentro
de la familia que aleja al varón del hogar (N.Fuller, Op.cit.).
En otra investigación realizada en México
con hombres de clase media, visiblemente progresistas, todos ellos reconocen
que están poco tiempo con los hijos (as) y que el contacto de la
madre con los niños es más frecuente e intenso. Según
la autora, la paradoja radica en el hecho de que es la responsabilidad
paterna percibida como más relevante, es decir la obligación
de proveer, la que más los aleja de ese deseo de involucrarse de
manera más directa con los hijos (as). Y, en la
competencia entre la necesidad de proveer económicamente y la necesidad
de atender físicamente a los hijos (as) -sobra decirlo- ni siquiera
se cuestiona la preeminencia de la primera, que representa (todavía)
uno de los principales anclajes de lo que significa ser hombre (M.W.Vivas,
1993). En el contexto actual de crisis económica y en donde ser
proveedor es más complicado y aún más si intentáramos
ser los únicos proveedores; unido al hecho que experimentamos un
contexto de transición demográfica en donde la fecundidad
ha bajado considerablemente por lo cual niños y niñas crecen
con menos hermanos y demandan más atención de los padres,
pero que a la vez, por esa misma crisis económica, se está
ausente más tiempo que antes, se complejiza la
paternidad.
Benno De Keijzer, en un trabajo sobre la paternidad
y la crianza de los hijos (as), plantea que cada vez hay más hombres
que se ven enfrentados con la necesidad de negociar o de perder a la pareja,
puesto que ella ya trabaja y participa socialmente. Son los padres neomachistas
que ya no pueden ejercer el patriarcado como lo hicieron sus padres y
abuelos, pero que aún mantienen un marco de referencia con un encuadre
machista. Mas, también van creciendo en número los hombres
involucrados en la crianza de sus hijos (as) los cuales se encuentran
abriendo nuevos caminos, puesto que es probable que hayan visto algo distinto
en su propia crianza desde niños. Esto llevaría a una participación
llena de contradicciones y ambivalencias que incluyen la competencia con
su trabajo e imagen pública, el deseo de una mayor cercanía
con sus hijos (as), la sensación de perder el tiempo y el reto
de aprender múltiples aspectos de la crianza. Esto sin hablar de
lo que este proceso podría significar a nivel del reacomodo de
las relaciones de poder en la pareja ¿Hasta qué punto, se
pregunta, la crianza de los hijos (as) puede convertirse a su vez en un
espacio de competencia y de lucha? (De Keijzer s/f).
Muchos varones se han visto inmersos en rápidos
procesos de cambio de los roles por género que no entienden, y
se sienten presionados por las exigencias de sus parejas y por el discurso
cada
vez más presente que lo insta a compartir "la carga"
de la crianza y de las labores domésticas.
Pocos esfuerzos aún se han hecho para evidenciar, en la educación
de los varones, que el poder que ostentamos está viciado y que
muchos de nuestros privilegios suponen aislamiento, alienación
y que no sólo causa dolor a los personas que nos rodean, sino también
angustia, soledad y dolor a nosotros mismos (Ver al respecto Figueroa.,
1997). Es fundamental que sintamos que la sociedad nos ha mutilado de
una fuente de goce, de disfrute y de inmensas riquezas tanto relacionales
como sensoriales. Si se presentara la crianza de los hijos (as) no como
una carga, sino como la posibilidad de gozar y recrearse con su compañía,
sentiríamos las inmensas oportunidades de desarrollo humano que
dejamos pasar. Los hombres tenemos derecho a expresar ternura a quienes
nos rodean en el ámbito público y privado, sin tener que
dar explicaciones a nadie. Tendremos que ir aprendiendo a recuperar nuestra
capacidad sensitiva y de expresión amorosa que la sociedad se empeñó
en atrofiar. Finalmente, necesitamos un nuevo modelo de hombre compartiendo
una vida rica en afectos con las mujeres y no compitiendo por el mundo
de los afectos, lo cual no sólo favorecerá el bienestar
de las mujeres y de nuestros hijos (as), sino el de los mismos hombres.
BIBLIOGRAFIA
Arias de Aramburú, Rosario y Rodríguez,
Marisela.
"A puro valormexicano".Connotaciones del uso del condón
en hombres de la clase media de
la ciudad de México. En Coloquio Latinoamericano sobre "Varones,
Sexualidad y Reproducción". Zacatecas 17 y 18 de noviembre
de 1995. Mimeo.
Callirgos, Juan Carlos."Sobre Heroes y Batallas.
Los Caminos de la identidad masculina". Escuela para el Desarrollo.
1era. Edición. Lima, diciembre de 1996.
De Barbieri, Teresita. "Sobre la categoría de género.
Una introducción teórica- metodológica". En
Revista Interamericana de Sociología. Nº 2 y 3.México,
Mayo - Diciembre, Año VI, 1992.
De Keijzer, Benno. "Para negociar se necesitan dos: Procesos de interacción
en la pareja con énfasis en la crianza: Una aproximación
crítica desde lo masculino". En Elementos éticos para
el análisis de la reproducción. J.G.
Figueroa. Programa Universitario de Estudios de Género. UNAM (en
revisión editorial).
Dohmen, Mónica Liliana. "Aspectos emocionales"
En Corsi, Jorge et al.. "Violencia masculina en la pareja. Una aproximación
al diagnóstico y a los
modelos de intervención". Ed. Paidós. Buenos Aires,
1995. Cap. 7.
Figueroa, Juan Guillermo. "Algunos elementos del entorno reproductivo
de los varones al reinterpretar la relación entre salud, sexualidad
y reproducción". Mimeo preparado para el tallet
sobre Identidad masculina, sexualidad, salud y reproducción, celebrado
en el
Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Junio de 1997.
Fuller, Norma. "Identidades Masculinas. Varones de la Clase Media
en el Perú". Pontificia Universidad Católica del Perú.
Fondo editorial, Lima 1997
Giddens, Anthony. "La transformación de la intimidad:Sexualidad,
amor y erotismo en las sociedades modernas". Ed. Cátedra-Teorema.
Madrid, 1995 Kaufman, Michael. "Hombres. Placer, poder y cambio".
CIPAF, Santo Domingo, 1989.
Kaufman, Michael. "Las experiencias contradictorias del poder entre
los hombres". En: Valdés, Teresa y Olavarría, José
(eds.) "Masculinidades. Poder y crisis". Isis Internacional.
Ediciones de
las Mujeres Nº24.Santiago, Chile, Junio 1997.
Laqueur, Thomas W. "Los hechos de la paternidad".
En Debate Feminista. Año 3, Vol.6, México,Setiembre de 1992.
Ramírez, Rafael Luis. "Nosotros los borícuas".
En Valdés, Teresa y Olavarría, José (eds.) Op.Cit.
Restrepo, Luis Carlos. "El Derecho a la Ternura".
Arango Editores. Undécima edición. Bogotá-Colombia,
Junio de 1997.
Thomas, Florence. "Conversaciones con un hombre ausente". Arango
Editores.
1era. edición. Bogotá-Colombia, 1997.
Vivas, María Waleska. "Del lado de los hombres. Algunas reflexiones
entorno a la masculinidad. Tesis de licenciatura en etnología.
Escuela Nacional de Antropología e Historia. México D.F.
1993
|