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Sexualidad Femenina
 

Las mujeres frente al VIH/Sida


Por María José Vázquez
Presidenta de la Comunidad Internacional de mujeres viviendo con VIH/Sida

Al mirar los gráficos de las estadísticas de la infección por VIH en el mundo resulta fácil darse cuenta de que, sea cual sea el lugar, independientemente de la incidencia puntual y del número total de personas infectadas, lo que sí es una tendencia compartida es que en todos los casos el número de mujeres que resultan infectadas no ha dejado de aumentar desde el inicio de la pandemia. Incluso en aquellos lugares en los que el acceso al tratamiento ARV ha mejorado la supervivencia o en los que la prevención ha mostrado éxitos locales, la infección en mujeres continúa su ascenso sin que parezca que nadie haga nada por cambiarlo.

Para la mayoría de las mujeres, la principal vía de transmisión del VIH es la heterosexual, e incluso en países en los que la vía inicial de transmisión haya sido otra, la tendencia a lo largo del tiempo acaba dirigiéndose hacia las mujeres y la transmisión por vía sexual.

Aunque está bien establecida la vulnerabilidad biológica de las mujeres debido a determinadas especificidades que hacen que la transmisión del VIH y de otras ITS sea más eficaz de hombre a mujer que de mujer a hombre, y a pesar de la importancia que este factor tiene en la feminización de la epidemia, en realidad ha sido sobreutilizado para justificar el aumento de los casos femeninos de Sida, dejando de lado otros muchos factores que contribuyen en gran medida a que la epidemia global se vaya tornando cada vez más en una epidemia femenina.

Las privación que se hace a las mujeres de sus derechos, fundamentalmente los derechos sexuales y reproductivos, constituye el sustrato sobre el que se asientan (y es al mismo tiempo un desencadenante de) toda una serie de desigualdades económicas, sociales, culturales, que son determinantes de la mayor vulnerabilidad de las mujeres frente al VIH y otras cuestiones de salud que ponen sus vidas en riesgo. Este sustrato tienen que ver principalmente con los aspectos socioeconómicos derivados de la estructura social que determina la desigualdad de poder entre ambos sexos. Las denominadas desigualdades de género se sitúan en la base de la situación de inferioridad de las mujeres respecto a los hombres y condicionan las posibilidades de las mujeres para protegerse frente al VIH.

Los estereotipos de género comúnmente aceptados y las relaciones de poder perpetuadas en los procesos de socialización todavía promueven patrones de conducta que ponen tanto a hombres como a mujeres en riesgo ya que adjudican a las mujeres un papel de dependencia respecto al varón, al que se educa en la perpetuación de pautas de comportamiento destinadas a mantener su “masculinidad” como, por ejemplo, la reafirmación de su virilidad manteniendo muchas parejas sexuales, o de que el uso de condones implica cierta pérdida de ella.

La posición de inferioridad económica en la que se encuentran muchas mujeres en el mundo hace que se encuentren ante situaciones que las hacen más vulnerables al VIH y a otros tipos de violencia y de discriminación. Así, es más probable que tengan menos educación que sus colegas masculinos, con trabajos peor considerados y peor pagados, teniendo además que hacerse cargo del trabajo doméstico cuando no se les impide directamente el trabajo fuera del hogar, lo que redunda en el mantenimiento de la dependencia económica respecto de los varones.

En muchos lugares, las condiciones económicas de precariedad obligan a muchas mujeres a tener que intercambiar sexo por dinero o bienes que aseguren su supervivencia y la de su familia.

La sexualidad sigue siendo un tabú en mayor o menor medida en todas las partes del mundo, haciendo imposible una abordaje integral de la prevención al soslayar la información clara y honesta sobre cualquier tipo de práctica sexual que no entre dentro de los estrechos parámetros de lo que es socialmente aceptado. Virginidad, fidelidad, falta de información sobre asuntos sexuales, incluyendo el propio cuerpo y la propia identidad sexual son temas que se relacionan con lo “femenino” y cualquiera que se aparte de esta vía se ve discriminada y por tanto privada de sus derechos.

Una de las expresiones extremas de la desigualdad de poder entre ambos sexos es la violencia contra las mujeres, al tiempo que constituye una de las principales causas de su mayor exposición al VIH, ya que limita su capacidad para decidir sobre sus relaciones sexuales y para exigir de su pareja el uso del condón o la práctica de la fidelidad.

A pesar del devastador impacto que tiene sobre la vida de las mujeres en general, y sobre su capacidad de protegerse del VIH en particular, la violencia de género es un asunto que la mayor parte de países se muestran remisos a abordar abiertamente, dejando a las mujeres en una situación de extrema indefensión, siendo los gobiernos y las instituciones tolerantes con este tipo de violencia cuando no directamente ejecutores de la misma.

Esta peligrosa combinación de factores sitúa a las mujeres en una posición de vulnerabilidad frente al VIH y reduce su capacidad para afrontarlo una vez se han infectado, al tiempo que la dificultad de acceso de las mujeres a los lugares donde se toman las decisiones sobre asuntos que afectan a sus vidas impide que las políticas que las afectan cuenten con las perspectivas de las propias mujeres y por lo tanto resulten poco realistas y por tanto ineficaces a la hora de poner fin a esta situación.

Por eso, es fundamental que nuestra respuesta como activistas sea una en la que los derechos de las mujeres se sitúen en primer plano, en la que la reivindicación de una sexualidad libre y sana sea una constante, y en la que incluyamos la exigencia de la responsabilidad que gobiernos e instituciones tienen en el avance de esta epidemia.

 
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