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Comunicación y sexualidad
 

Entre contextos y pretextos… háblame del Compromiso

Por Mario González
Psicóogo

“Lo siento, pero aún no estoy listo para algo así”. “No eres tú, tú vales mucho y mereces algo mejor”. “Es que me faltan tantas cosas por hacer que bueno, siento que no es el momento”. ¿Te suenan familiares estas frases? Seguro que sí, probablemente más de dos personas vinieron a tu pensamiento y casi afirmaría que pertenecen ni más ni menos al género: masculino.

Realidad avasallante y desalmada la que seguimos viviendo en relación a la forma en que la mayoría de los hombres, independientemente de su orientación sexo-afectiva y sin descartar el caso de algunas, muy pocas, mujeres, huyen de todo lo que se acerca a la palabra compromiso.

Sin embargo, antes de continuar deseo aclarar que no me refiero a la palabra “compromiso” en todas sus expresiones o maneras de pensarse. Sabemos que gracias a patrones socio - culturales los hombres históricamente hemos sido entrenados a comprometernos en algunas áreas como el estudio, el trabajo, los juegos y hobbies que ameriten cualquier nivel de competencia o en donde se pueda demostrar primacía y valor sobre las demás personas y en especial hacia los otros hombres que están alrededor. La realidad a la que me refiero tiene que ver exclusivamente en el terreno del afecto, en todo lo que implica una relación de pareja, en los vínculos que son postergados o reemplazados por estilos de vida en donde la pareja per se no ocupa un lugar importante o, simplemente, no figura.

La perspectiva de género ha logrado hacer visible los porqués de las formas en que hombres y mujeres nos relacionamos. Aprendimos que durante el proceso de construcción de la identidad masculina los niños, a diferencia de las niñas, son puestos a disposición de estereotipos muy rígidos que determinan cómo debe de ser un hombre. Estereotipos que fortalecen la estrategia de esconder el afecto. El gen cultural, como lo mencionan algunos autores, predispone a los hombres, logrando anular o reprimir el ejercicio del sentir, quedándonos sólo con la necesidad apremiante del hacer. De esta forma evitamos toda aproximación genuina con nuestra parte sensible y, más aún, negamos la necesidad de compartirla o darla a conocer a otra persona.

Esa necesidad de hacer nos entrena perfectamente en el arte de la seducción, del ligue, de perfeccionar los encuentros, de percibir e identificar las necesidades en l@s otr@s y de llegar sin detenimiento a dirigir palabras o frases que darán justo en el blanco poniendo a la persona a nuestra entera disposición. Pero, ¿qué pasa después?

Día con día escucho historias de relaciones rotas y sufrimientos por abandono en donde la constante es la palabra Express. -Nos conocimos, nos gustamos, tuvimos sexo, pasamos varios días maravillosos (quizá semanas) y fue cuando él habló conmigo o simple y sencillamente, desapareció. No lo entiendo, si todo iba tan bien-. Se acabó.

En la actualidad son cada vez más los textos y las agrupaciones que abordan la necesidad de re-significar lo masculino como estrategia para reducir algunas problemáticas como la violencia hacia las mujeres y la homofobia discriminatoria, fenómenos que tanto afectan a nuestras comunidades y ante los cuales son irreductibles los cambios generados. En estos textos asentados sobre la perspectiva del género se pone de manifiesto que estas respuestas que la mayoría de los hombres practican son tan solo el resultado de un proceso inconsciente de culturización al que están sujetos. El cuestionamiento hasta aquí sería ¿se podrá abolir esta realidad y desde dónde? ¿Seremos capaces (los hombres) de replantearnos nuestras necesidades afectivas y darnos permiso de sentir que somos seres vulnerables y que necesitamos de l@s otr@s? ¿Podremos darnos cuenta de que el gen cultural es algo, que si bien existe se puede modificar, desaprender?

El nuevo arquetipo de masculinidad al que se pretende llegar es el que se da perfectamente cuenta de sus motivos, de las razones por las que actúa y por las que está solo, pero las modifica, las cambia, no las toma como pretextos. El que ve las diferencias en las personas con las que se relaciona, pero se queda con las coincidencias y decide dar un paso más. Es el que no se siente amenazado cuando decide expresarse y hablar de sus sentimientos, de sus necesidades y anhelos. El nuevo hombre solamente lo hace, se compromete y nunca se siente solo.

¿Tú cómo te ves?

 

 
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